Es una batalla perdida

19 de febrero de 2008

El día de hoy recibí la noticia de que un trabajo al que había aplicado hace mas de un mes se lo dieron a otra persona. La verdad es que acepté la noticia con un suspiro y pensando en que es lo mismo de siempre, ya no me da rabia ver casos como estos, o aún vivirlos, porque sé que es el pan nuestro de cada día. Me da lástima porque la paga iba a ser muy buena.

Y mira que no me hubiera importado haber perdido esta oportunidad contra alguien mejor calificad@ que yo, pero se lo dieron a una pedagoga (sexo femenino) y yo sí cubría el perfil en el área de IT. Lo peor es lo que ella hizo para lograr ser contratada: casi nada, excepto irse a la cama con -OJO- la secretaria de trabajo (sexo femenino) del sindicato -unión- que promovió las plazas. Parece ser que la empresa que necesitaba personal había decidido contratarme pero la que recibió los favores de la pedagoga dijo que yo ya estaba laborando en otro lugar y que mejor contrataran a la otra.


Unos meses atrás estaba platicando con una familiar muy cercana a mi quien labora en el gobierno y tiene un muy buen puesto. Hablábamos acerca de nuestro país y ella me decía que SI creía que algún día íbamos a cambiar. Yo dije que eso no iba a suceder porque más de 100 millones de mentes y corazones tendrían que cambiar y se me hacía más fácil que todos nosotros continuaramos en ese camino que el cambiar la dirección.

Aún sigo pensando lo mismo y hoy mas que nunca siento que como nación no cambiaremos. Este mal está en todos los niveles, no solo domina las esferas mas altas, no está únicamente en los que manejan el destino de nuestros países ni en sus cómplices. Practicamente ha contaminado a toda la sociedad.

La semana pasada estaba leyendo el blog de Lydia Cacho, una muy conocida periodista mexicana que se atrevió a denunciar las redes de pederastas en nuestro país ligadas a los más altos círculos políticos, empresariales y sociales. Ella mencionaba en el último de sus artículos que muchos países le habían ofrecido el asilo político (y vaya que cubría los requisitos) para poder seguir denunciando a los criminales y la violación a sus derechos cuando la arrestaron ilegalmente.
Ella firmemente decía que después de mucho pensarlo había decidido seguir en nuestro país porque, al igual que mi familiar, confiaban que en un día no muy lejano, México iba a cambiar y ella quería estar aquí para celebrarlo.

Yo no, yo no quiero seguir aquí ni quiero celebrar cuando mis compatriotas decidan hacer lo correcto. No quiero alegrarme cuando los gobernantes y funcionarios dejen de robar y decidan hacer el trabajo para lo cual fueron elegidos: para servir. No quiero dar gracias porque finalmente me venden kilos de a kilo o litros de a litro, no quiero suspirar aliviada de que finalmente me contratan porque tengo las calificaciones de acuerdo al puesto y no porque accedí a degradarme por un trabajo.

Amo a mi país pero aborrezco en lo que nos hemos (o nos han) convertido y es por eso que prefiero ser expectador desde otro palco. Ahora mas que nunca pienso que debemos continuar con todos nuestros planes porque quiero un mejor futuro para mi familia, no quiero que el día de mañana mi hijo se encuentre con que han elegido a otro compañero antes que a él porque decidió venderse a su jefe, o peor aún, que él mismo sea corrompido por la necesidad y el sistema. Solo de pensarlo me aterra.

En fin, aún hay otras ofertas laborales pendientes y confío en que en algun lugar habrá personas que sean lo suficientemente honestas para contratarme por mis estudios y experiencia.



1 comentarios:

Gabriel dijo...

Qué triste la historia que relatas, Ana. Pero a la vez, que conocida se me hace... yo descreo de ese mito de que TODOS los latinoamericanos somos 'iguales', pero en esto sí que lamentablemente nos parecemos todos...

No creas que aquí no existe la corrupción -o corruptela- porque te vas a llevar una desilusión muy grande. Al menos aquí no nos afecta tanto a nosotros los trabajadores; está más arriba (y en los gremialistas también)...